miércoles, 18 de julio de 2018

EL INVENTOR DEL BOSSA-FUTEBOL


Sócrates, el brasileño que llevó la democracia a una cancha de fútbol

En los años ochenta, en tiempos de dictadura militar, un joven llamado Sócrates decidió usar el fútbol para mostrarle al pueblo el sabor de la democracia. Además de médico fue uno de los mejores mediocampistas brasileños de todos los tiempos.
Sócrates
Publicada en Nómada. Por Gabriel Woltke.
En una casita de Belém, en Brasil, un burócrata aficionado a la literatura nombró a sus tres primeros hijos en honor a los filósofos griegos Sóstenes, Sófocles y Sócrates. Éste último era el mayor de todos.
Muchacho privilegiado. Creció alternando los libros y la pelota en tiempos en que su país era más balas que samba. En 1964 un golpe militar derrocó al presidente Joao Goulart y el niño Sócrates vio como su padre quemó la biblioteca para no ser capturado por disidente.
Así fue como decidió alternar los libros y la pelota, con la política. Cuando se graduó en la universidad de Sao Paulo como doctor en medicina ya era un indiscutible en el once inicial del Botafogo F.C.
Socialista convencido. Alto y flaco, de piernas largas y pies chicos. En el campo parecía una de esas cigüeñas tuyuyú que habitan en los márgenes del río Paraná. Desgarbado, de pelo murusho y barba de días. La suya era una belleza elegante. Una rareza.
Rareza. Pelé decía que Sócrates jugaba mejor para atrás que para adelante. Su pegada particular era de taco. Una malformación le permitía meterle a la pelota más fuerza de lo normal cuando le pegaba con el talón.
Era lento, mitad por su físico y mitad por el tabaco, pero su aporte al JOGO BONITO era su clase para tocar la pelota, para distribuirla desde el medio campo y poner a correr a sus compañeros. Líder innato, tenía visión periférica y don de mando.
Por eso cuando llegó al Corinthians en 1978, llegó para transformarlo. Para hacer de la cancha una tribuna. Como el Sócrates griego, el Sócrates brasileño abogó por una democracia verdadera.

La camiseta como pancarta

Brasil a principios de los ochenta, hiperinflación y muchos muertos. Aún hoy no existe una cifra exacta sobre la cantidad de víctimas de los 50 años de dictadura militar. No eran buenos tiempos tampoco en el Corinthians, muchas deudas y poco fútbol.
Los malos resultados requerían cambios brutales y esos cambios llegaron en 1982 de la mano de “un joven sociólogo con ideas revolucionaras para la administración deportiva”¹. Se llamaba Adílson Monteiro. Aquel muchacho de inmediato conectó con una plantilla de jugadores rebeldes y políticamente comprometidos. Además de Sócrates estaba Wladimir y Casagrande. Los cuatro pusieron en marcha el mayor experimento deportivo que ha existido en el fútbol brasileño.
En tiempos de dictadura decidieron que el fútbol serviría para mostrarle a la sociedad el sabor de la democracia. Autogestión deportiva. Le arrebataron el poder a los directivos y se los dieron a todo el club. Todos, desde el presidente a los jugadores, pasando por los técnicos y los utileros, votaban para decidir las alineaciones, la estrategia, los uniformes y las reglas dentro del vestuario.
En los primeros días la afición abucheó a Sócrates y él respondió dejando de celebrar sus goles. Sólo era cuestión de tiempo para que aquella democracia rindiera resultados. Primero vino la final del campeonato paulista en 1982 y luego un bicampeonato entre el 82 y el 83.
Y en esos años también llegó la reorganización popular y los jugadores la apoyaron con las camisetas. En la dorsal, arriba del número, los nombres de los jugadores fueron sustituidos por consignas políticas: “Quiero votar para presidente”, “Elecciones Ya” y la más famosa: “Democracia Corinthiana”, un término acuñado por el encargado de marketing del club.
La dictadura protestó, los jugadores resistieron.
El experimento corinthiano duró tan poco como suelen durar las comunas libertarias y autogestionadas. En 1984 el club volvió al antiguo modelo de gestión para permanecer en el club de los 13 equipos brasileños más importantes, club que exigía la figura de un presidente con plenos poderes de decisión.
Sócrates se fue, fichó para la Fiorentina donde aprovechó para “leer a Antonio Gramsci en su idioma original”. En 1985 la dictadura militar llegó a su final con una convocatoria a elecciones.

Una samba para el doctor

Sócrates siempre dijo que aquellos años fueron los más exultantes de su vida. Su condición de ídolo le permitió ser voz para las mayorías. Lo mismo salía a la cancha que se subía a la tarima en una manifestación. “Sabíamos que estábamos participando de algo más que en un simple partido de fútbol. Luchábamos por recobrar la libertad en nuestro país”, sentenció alguna vez el doctor.
Hubo quien creyó que ese compromiso político le quitó un futuro más brillante en el fútbol. Tampoco quiso ese futuro en la política y le dijo “no” a Lula da Silva cuando lo invitó a presentarse como candidato a diputado.
Para él, el deporte siempre fue una cosa pasajera. Lo disfrutó hasta que pudo, en 1989, en el club que lo vio nacer, el Botafogo. Como entrenador no tuvo mayor gloria.
Fundó un centro pediátrico popular y un hospital para atletas. En su retiro se la pasó escribiendo columnas de opinión que alternaban, como siempre, entre la pelota, la literatura y la política. Probó suerte como pintor y de vez en cuando escribía poemas que sus amigos convertían en canciones.
Vivió como quiso y murió como quiso, a costa del tabaco y el alcohol, en 2011, un domingo de diciembre en que el Corinthians salió campeón.
Siempre le dio igual no haber ganado ningún título con la canarinha. “Ganar o perder pero siempre con democracia”, decía Sócrates el doctor, el mediocentro.

QUE LINDO DEPORTE SI NO ESTUVIERA TAN CORRUPTO....¿PERO,HAY ALGO QUE NO ESTE CORROMPIDO HASTA LAS VERIJAS?

Se calcula que unos 3.500 millones de personas, más o menos la mitad de los habitantes del planeta, han visto alguno de los partidos del Mundial de Rusia. Solamente en España, la final Francia-Croacia tuvo una audiencia de más de ocho millones de espectadores. En EEUU, un país con siete veces más de población, lo vieron por la televisión... once millones. A los estadounidenses solo les interesa el fútbol cada cuatro años y cada vez menos.
Es un deporte que no va con ellos. Demasiados minutos en los que no pasa nada, demasiado tiempo sin pausas publicitarias, demasiados partidos que acaban cero a cero. Por eso cada cuatro años, coincidiendo con la Copa del Mundo, la prensa estadounidense de derechas trata generosamente de ayudar a mejorar nuestro fútbol. Siempre hay varios artículos dedicados a explicar todo lo que está mal en el aburrido soccer y, por supuesto, cómo podría mejorarse. Vamos con un recopilatorio de las mejores propuestas.
Por empezar con uno de hace solo tres días, nos remitimos a un artículo de título inapelable: “Seis cambios que harían el fútbol menos aburrido”. En él encontramos algunas propuestas audaces como eliminar la figura del portero o hacer que algunos tipos de goles valgan doble, pero mi favorita sin duda es la de permitir que todos los jugadores puedan tocar el balón con la mano si están dentro del área.
En muchos consejos este artículo coincide con un clásico del género publicado en 2010: “Haciendo el fútbol menos aburrido: una propuesta modesta”. Además de las habituales sugerencias de añadir más descansos, este artículo tiene ideas verdaderamente revolucionarias para el deporte rey.
Una de ellas es aumentar el tamaño del balón, suponemos que hasta que parezca la clásica pelota de Nivea, o incluso jugar con dos balones a la vez. Otra innovación, propuesta sin duda por un genio, es la de jugar en un campo inclinado para que un equipo lleve ventaja. Pero sin duda mi favorita es la de incorporar al borde del área un tubo de metal corrugado que conecte directamente con la portería y permita marcar goles sin que el portero pueda intervenir.
Hasta la “biblia del capitalismo”, The Wall Street Journal, ha sentido la necesidadde rescatarnos de nuestro aburrido fútbol con propuestas que van desde prohibir el empate a cero hasta autorizar los placajes.
Estas ideas son interesantes, pero la verdadera maravilla está cuando la derecha americana teoriza sobre la ideología del fútbol. Hace sólo unos días, leíamos al gran intelectual conservador Rich Lowry con su "El fútbol es un juego fundamentalmente defectuoso", pero nunca llegará a la altura de la joya de 2010 “Cualquier aumento del interés por el fútbol es un signo de la decadencia moral del país”, de la provocadora racista Ann Coulter.
Con ese título tan fantástico, Coulter explicaba su rechazo a un juego socialista “donde no cuenta lo individual, sin héroes ni perdedores” y que sólo gusta a las madres izquierdistas porque “el talento atlético influye tan poco que pueden jugar juntos niños y niñas”. Es por todo eso, dice, que el soccer es cosa de inmigrantes y de latinos porque “ningún americano cuyo tatarabuelo naciera aquí ve el fútbol”.
Un deporte izquierdista, lento y aburrido. ¿Cómo puede gustar tanto al resto del mundo? Esto se preguntan muchos estadounidenses mientras cambian de canal para poner el béisbol, un juego en el que los partidos tienen una duración media de tres horas y se para la acción cada minuto. Donde lo único divertido es ver un ‘home run’ y la media no llega a dos por encuentro. Donde los mismos dos equipos juegan tres partidos seguidos en tres días consecutivos. Menos mal que lo llaman “el pasatiempo nacional”, porque el tiempo es lo único que pasa.

martes, 17 de julio de 2018

LO QUE DEJA EL MEJOR MUNDIAL HASTA AHORA

El balance de lo que dejó el Mundial de Rusia en sus 31 días de competencia
Una Copa con estrellas y estrellados
Los aciertos y los errores, los jugadores que sorprendieron a propios y extraños, y los que decepcionaron. Los equipos que fueron revelación y los que, como Alemania y Argentina, dejaron una muy pálida imagen.
Los jugadores de Francia muestran la Copa y sus medallas junto al presidente Macron.
Los jugadores de Francia muestran la Copa y sus medallas junto al presidente Macron. 
Imagen: AFP
PáginaI12 En Rusia
Desde Moscú
La nostalgia es la que envuelve todo por estas horas en Rusia. El Mundial finalizó y sólo quedan recuerdos para mantener vigentes las sensaciones que se adueñaron durante 31 días. Las calles amanecieron de otra manera ayer, mostrando el vacío que genera la angustia, en muchas ocasiones, por algo que ya no está. La espera será larga hasta el 2022, y en ese tiempo se cruzarán imágenes genuinas de lo que se vivió en esta parte del planeta.   
  • Rusia: el país más grande del mundo, con toda su historia detrás, se vistió de gala para exhibir su diversidad cultural, uno de los aspectos más trascendentes que contiene. A partir de una competencia deportiva, el público que llegó hasta aquí pudo conocer un pasado lleno de curiosidades y también de sufrimiento, por los enfrentamientos diversos. En muchas ocasiones, esta faceta fue mucho más atrapante que el fútbol.
  • La organización: el Mundial, salpicado hace tres años cuando se conoció el denominado FIFAGate, por la supuesta compra de votos en el momento de su elección como sede, se contrapuso con lo que fue la realización. Los rusos aportaron toda su logística a disposición, y terminó superando a lo que fue, por ejemplo, el torneo realizado en Brasil hace cuatro años. La predisposición no sólo de los que trabajaron en el evento, sino de la sociedad para colaborar con los visitantes fue total. En ese aspecto, Rusia salió campeón ampliamente.
  • Alemania: el campeón del mundo hasta el domingo último decepcionó en el campeonato, al ser eliminado en la primera ronda. Los alemanes ganaron un partido y perdieron dos, dejando una imagen deslucida, muy diferente a lo que venían ofreciendo. Inclusive, el año pasado ganaron aquí la Copa Confederaciones con un plantel repleto de juveniles, y permitió aventurar que tendría mejor recambio para este certamen. Sin embargo, el equipo decepcionó dentro de la cancha. La racha negativa para los campeones que se retiran en la fase de grupos se sigue cumpliendo, como viene ocurriendo desde 2010.
  • Argentina: el desconcierto que fue el fútbol en los últimos cuatro años, se terminó reflejando en la actuación del seleccionado en el Mundial. El conjunto nacional hizo recordar a épocas pasadas, donde el orden interno no existía, y todo quedaba supeditado a que la pelota entre en el arco contrario para poder avanzar. La Selección ganó un solo partido, cuando faltaban cinco minutos para el final, de los cuatro que jugó y nunca estuvo a la altura de una competencia semejante.
  • Hazard: el capitán de Bélgica fue la síntesis de lo que debe poseer un futbolista para convertirse en estrella. El volante aportó técnica, sapiencia, panorama, inteligencia y ascendencia positiva sobre sus compañeros. Con esas cualidades le alcanzó para convertirse en uno de los mejores del campeonato. Su equipo logró el tercer puesto, la mejor clasificación de la historia luego del cuarto lugar logrado en México 1986.
  • Francia: el mejor de todos. Al flamante campeón le alcanzó con poco para dejar atrás a los otros 31 participantes. Con un esquema parecido al que logró el título en 1998, los franceses aprovecharon sus oportunidades y sacaron ventaja en todos los rubros. Para ello contó con un grupo de jugadores de gran categoría, que supieron acomodarse de manera colectiva para que el nivel fuera todavía más elevado. El técnico sólo tuvo que ordenarlos para que ellos se ocuparan del resto desde el lado de adentro de la cancha. El equipo llegó como candidato y no le pesó esa responsabilidad. Con este segundo título se empieza a mezclar entre las grandes potencias futbolísticas. 
  • Brasil: se esperaba mucho más, sobre todo por la manera en la que ganó las Eliminatorias Sudamericanas, y por la buena racha que llevaba desde la asunción del técnico Tite. El segundo tiempo que jugó ante Bélgica, por los cuartos de final, fue de lo mejor que se vio en la Copa del Mundo. La pelota ingresó sólo una vez en el arco rival y no le alcanzó. De todas maneras, si se mantiene este grupo de jugadores puede consolidarse en el próximo tiempo, y convertirse en un equipo temible para el próximo Mundial de Qatar.
  • Japón: los orientales sorprendieron por su soltura y su entendimiento en el campo, mostrando un fútbol que fue la envidia de muchos conjuntos consagrados. Lo tuvo a Bélgica al borde de la eliminación, pero lo dejó reaccionar por algunos errores ingenuos y se despidió en los octavos de final. La sorpresa de la Copa a partir de lo que generó en el juego, con futbolistas con capacidades escasas en varios casos.
  • Mbappé: el chico que cumplirá 20 años en diciembre le mostró al mundo que su nombre estará en las vitrinas en la próxima década. Su potencia, su velocidad, su repentización para resolver con poco espacio, logró hacer olvidar a las grandes figuras. A su edad, convertirse en protagonista principal de un equipo que es campeón del mundo, deja la muestra de lo que es capaz.
  • Griezmann: el delantero cumplió un papel diferente al que le toca en su club, jugando en una posición más retrasada para colaborar en la elaboración de las jugadas. Lo hizo con categoría, y también le aportó goles para hacer de Francia un conjunto poderoso. El logró ubicarse como la figura de la final del mundo, nada menos.
  • Messi: el rosarino estuvo desconocido en Rusia. La sabiduría que tiene no la pudo aportar para Argentina, y los conflictos internos no lo dejaron bien parado. Lo mejor que hizo fue la definición ante Nigeria, parando la pelota con una pierna y rematando con la otra, todo en el aire. Su futuro con la Selección es incierto, y quizá haya sido su último Mundial.
  • Maradona: se lo vio por Rusia dejando distintas escenas, algunas penosas ante el asombro de todos. En el partido final concurrió al estadio Luzhniki y se abrazó con otros campeones como Passarella, Kempes y Bertoni. Cuando las cámaras lo tomaron sonrió para transmitir tranquilidad sobre su salud.
  • Ronaldinho: la alegría del brasileño se destacó en la fiesta de cierre, donde le asignaron un tamboril para que pueda lucirse con la música. El estadio explotó cuando lo reconocieron. Este tipo de presencias le hacen bien al fútbol.

lunes, 16 de julio de 2018

AL GRAN PUEBLO DE LENIN,SALUD!!!

El gol de Putin: sin ultras y con estadios llenos

El presidente ruso celebra el éxito organizativo del campeonato y que hayan desaparecido “mitos y prejuicios” sobre su publico.

Macron, presidente de Francia, Infantino, presidente de la FIFA, Putin, presidente de Rusia, y Kolinda Grabar-Kitarovic, presidenta de Croacia, antes de la final.
Macron, presidente de Francia, Infantino, presidente de la FIFA, Putin, presidente de Rusia, y Kolinda Grabar-Kitarovic, presidenta de Croacia, antes de la final.  REUTERS
Hoscos, huraños, malhumorados y violentos: así se imaginaban muchos seguidores mundialistas a los rusos, pero durante el campeonato a los aficionados les esperaba una sorpresa. Se encontraron en su mayoría con gente alegre y abierta que se unió a la gran fiesta futbolística en todas las ciudades donde se celebraron los partidos.

Dos eran las principales amenazas: la posibilidad de un atentado terrorista por partidarios del Estado Islámico —posible venganza por la intervención del Kremlin en Siria al lado de Bachar el Asad— y los temidos ultras. La cooperación entre los policías de los países participantes logró neutralizar a los hinchas violentos.
Llegar a los cuartos fue un triunfo para Rusia, pero mucho más importante ha sido la positiva imagen que ha dado como organizadora de esta Copa del Mundo. No se vio a los tan temidos ultras que habían causado revuelos en las competiciones europeas de clubes, los estadios han registrado grandes entradas, la infraestructura y la logística han funcionado bien y los dirigentes se esforzaron por dejar de lado la política, lo que incluso se vio reflejado en la asistencia de Vladímir Putin, el presidente ruso, únicamente al partido de inauguración y a la final.
El ensayo general que significó para Rusia la Copa Confederaciones el año pasado sirvió para superar una serie de deficiencias y atender a las críticas que entonces se hicieron. Al público se le permitió entrar a los estadios tres horas antes del partido y la salida se organizó de forma que resultara más eficaz, sin la enervante lentitud que era propia de Rusia.
El fan ID, el carnet para identificar a los seguidores y permitirles la entrada en el país, resultó un afortunado instrumento que de hecho reemplazó los visados y permitió usar gratis el transporte terrestre y asistir a eventos culturales. Los ultras rusos, que motivaron que algún gobierno, como el británico, no recomendara a sus aficionados viajar a Rusia pues se temía que agredieran a los hinchas de otros países, desaparecieron o se convirtieron en inofensivas ovejas. Tampoco se concretó el temor de que nacionalistas xenófobos y homófobos agredieran a los representantes de minorías sexuales. Y, cosa curiosa, la kokoshka, una prenda femenina, se transformó en unisex y mujeres y hombres lucieron en sus cabezas este antiguo tocado.
“Agradecemos los millones de buenas palabras sobre Rusia y nuestro pueblo”, dijo Putin el sábado en el Teatro Bolshói; “estamos contentos de que los aficionados hayan visto todo con sus propios ojos y que hayan desaparecidos mitos y prejuicios”.
En las 11 sedes, los estadios estuvieron llenos; aunque el problema ahora es mantenerlos, cómo hacer que sigan sirviendo para la práctica del deporte y cómo justificar los grandes recursos invertidos: en los últimos cinco años, Rusia gastó cerca de 12.000 millones de euros para el Mundial.
Pese a algunos pequeños incidentes, en el Mundial ha reinado un ambiente festivo. El suizo Gianni Infantino, presidente de la FIFA, resumió el sentimiento de muchos al afirmar que el Mundial ha cambiado la percepción que Occidente tenía de Rusia, país que demostró ser “cálido y hospitalario”. Lo que muchos ahora se preguntan es si esta imagen perdurará. La viceprimera ministra Olga Golodets considera que la Copa ha contrubuido a destruir estereotipos, lo que se traducirá, calcula, en un aumento del 15% del número de turistas que visitarán Rusia el próximo año.
Para algunos analistas, como Yevgueni Zuyenko, del think tank Carnegie en Moscú, sucedió algo inesperado: “Rusia se presentó ante el mundo como un país normal y amable, con una capital-megapolis multiétnica. El gran milagro del campeonato es que se puede ser normal sin que se desplome el mundo ni le suceda nada al país”.
Es este milagro el que muchísimos rusos quieren consolidar, dejar de ser un ogro para el resto del mundo.